domingo, 16 de noviembre de 2014

Manifiesto Mayusculino II

Amig@s y amantes, si os quedasteis con ganas de más, aquí os traigo, en primicia y remasterizado, la segunda parte del Manifiesto Mayusculino, escrito hace mucho, con mucho amor. Disfruten de mi delirio mental.

La Mayusculinidad, muchos me habéis preguntado qué es eso, y algunos a los que he respondido me han mirado con desdén y han arrullado en sus brazos a las reglas ortográficas consonánticas con un aire de conservadurismo de ese del que dan ganas de pegarle un galimatazo. 
Puede que, al fin y al cabo, no haya profundizado lo suficiente en la ESENCIA de la Mayusculinidad. Porque de todos es sabido que la Mayusculinidad es un movimiento libertario de la gramática de la Mayúcula y la minúscula, con objeto de alcanzar el grado de expresión necesaria que necesitamos muchos a la hora de crear mediante las letras, y promotor de la evolución lingüística creativa, véase, la invención de palabras utilizando prefijos ya cultivados, o bien plantando semillas semánticas totalmente nuevas que puedan poner nombre a esas palabras que aún no se saben pronunciar.

Pero amigos, hay más, por encima de las personas que nos miran con desdén y superioridad, o de aquellos que no entienden y que no van a entender nunca, por necios.
La esencia de la Mayusculinidad, señores, es esa necesidad expresiva que lleva a las personas a agujerear el folio con el bolígrafo de rabia porque no ha encontrado las dos palabras adecuadas, o ese momento de paz inmensa que te llena cuando las consigues, y con ellas dices tanto, son tan gordas en su significado personal, que van a reventar de un momento a otro, y te van a salpicar en la cara, y tu vas a sonreir de gozo, y vas a gritar y a saltar sobre un campo de florecillas blancas.

Esa es la esssencia, no lo entendeis? La misma palabra lo dice, lo susurra, lo sugiere entre esa sensual S y esa elegante C. 
Es la necesidad, es esa angustia y esa euforia que se remezclan cuando tienes un lápiz, un teclado, un pincel de cola de gato, un serrucho o cualquier instrumento manual que se precie que te permita liberarte y dejar que salgan los chorros de NECESIDAD que están empujando por escaparse de tu mente, ya sean redondos, escritos, amorfos, tambaleantes, ilegibles, repetitivos. Es tu mayusculinidad en estado puro, es lo que me impulsa tras cada espacio y lo que me excita tras cada intro, al terminar un párrafo.

La mayusculinidad es como los culos. No todo el mundo la tiene. Hay gente que hace caca por otro agujero que les han hecho porque le han extirpado el intestino grueso. Es verídico, me lo contó una amiga enfermera.

Bienaventurados sean los mayusculinos, porque son aquellos que tendrán un intestino grueso sano.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Una serie de desastres no intencionados

Inauguro una nueva "sección" de este blog, y esta vez (por fin) en clave de humor a costa de mi persona. Os voy a contar a modo de microrelatos algunas de las peripecias cotidianas en las que me veo envuelta a menudo, y que ya pedían a gritos un testimonio escrito. Llamémoslo consecuencias de mi desastrismo innato. Espero que os hagan reir.


Lunes. Mediodía. Salgo de casa con intención de comprar el pan y ya de paso pasear a mi perro Riki, como suelo hacer todos los santos días. Después de que mi mascota eche sus correspondientes meaditas, me dirijo a la tienda, dejo a Riki atado con la correa en un objeto de mobiliario urbano que aún a día de hoy no he logrado identificar y entro a comprar el pan. Salgo con dos barras tranquilamente, y me dirijo a casa pensando en qué voy a hacer de comida. Quizás pueda volver a hacer pollo en salsa, si es que queda pollo. Empiezo a sacar la llave del portal cuando me doy cuenta de un pequeño detalle: Riki no está conmigo. Me lo he olvidado en la tienda atado a la cosa rara azul. Vuelvo sobre mis pasos todo lo rápido que puedo mientras se me cae la cara de vergüenza interiormente, rezando por que no me vea ningún vecino en mi descuidada hazaña. Cuando llego a la tienda ahí está Riki, mirándome con cara de abandonado. Lo desato rápido y me alejo de la escena del crimen disimulando el hecho de que "He olvidado a mi perro en una tienda. La gente normal se deja la cartera, o los deberes, o el paraguas. Yo me dejo a mi perro. Si alguna vez tengo hijos, que dios los pille confesados."



Este es Riki


martes, 16 de septiembre de 2014

Decir adiós

Éramos como un perro viejo, y todo terminó como la muerte sin dolor de una dulce eutanasia. Nos fuimos extinguiendo como la vida palpitante se extingue por las venas de este dolorido cuerpo. El final sucedió en un suspiro, solo perceptible por el leve pinchazo que debe producir la muerte, y una lágrima por cada recuerdo que acude a mi mente, como con cuentagotas, despacio pero incesante.
Aún me siento acurrucada, pensando que me despertaré y seguiremos caminando de la mano, sin llegar a comprender qué ha pasado y en qué momento el decaer se volvió irreversible, o si es que en realidad solo retrasábamos algo que tenía que suceder, como una enfermedad que te va matando lentamente. Todavía no me creo a mí misma, pero el dolor me hace saber que hemos hecho lo correcto, y de la mejor manera posible.
Ahora debemos seguir aprendiendo, debemos continuar con la cabeza alta, pero mi negación me dice que esto es solo un paréntesis, una bifurcación de caminos que algún día volverán a encontrarse. Siento como si me hubieran vaciado el pecho con una de esas herramientas para servir helado, y en su lugar se hubiera quedado un hueco de entrañas sangrantes que no parecen ir a cicatrizar.
Valor, muros más grandes cayeron, y seguimos en pie. Era necesario decirlo.
Ilustración de Francisco J. Hernández

domingo, 15 de junio de 2014

Y es aún más necesario...

Para continuar la estela no tan típica de la anterior entrada, ahora si, vamos a ponernos serios.
Volver es siempre una sensación agradable, pero a la vez rara. Después de haber estado tantos meses en una especie de universo paralelo, volver al mismo lugar donde al parecer se detuvo el tiempo en el momento en que te fuiste, es raro. Raro porque al volver, te das cuenta que no eres la misma persona, pero aquellos a los que dejaste aquí parecen no haberlo notado. O quizás es que tampoco eres tan imprescindible.
Pero sienta bien pisar suelo conocido. Y es aún más agradable pensar que cuando vuelvas allí, sentirás esta misma sensación de reencuentro. Porque habrá un reencuentro. O eso quiere hacerme creer mi cabeza, que todavía no asimila que aquella vida sencillamente se haya acabado.
Pensé sinceramente que iba a ser más difícil, que habría lágrimas y abrazos y nomeolvides. Pero es mejor así. Hay que saber despedirse con estilo y brevedad. Creo que el síndrome post-erasmus irá llegando lentamente, cuando empiece a notar que esto no son las vacaciones de navidad, que no habrá un "go back". Aún tengo demasiado frescos todos los recuerdos y las personas, y tengo la sensación de que mañana volveré coger el metro para ir a la ESAD y escucharé a los profesores hablar en portugués, que el lunes veremos juego de tronos con palomitas, y el jueves iremos a Tendinha a tomar una cerveza de tranquis que se convertirá en una noche de fiesta. El sábado iremos al Flea Market, y si hace bueno, a la playa a jugar al Volley. Por la noche oiré pasar a los trenes una y otra vez, y me asomaré a la ventana, que está siempre abierta, a refrescarme con la brisa nocturna.
Pero ahora solo reina el ruido monótono del ventilador sobre un silencio artificial.
La vida me dio la oportunidad de descubrir que existía otro universo, de vivir en él y empaparme de todo lo bueno que tenía, me dio la fuerza para tirarme a una piscina que no sabía si estaría vacía o llena, no sin pasar mucho miedo en el acto. Y al final aquí estoy, en el mismo sitio donde comencé esta aventura y con una especie de resignación-melancolía-optimismo que me da un nosequé que queseyó.
No cambiaría este curso por nada del mundo. Ha merecido la pena, si señor. Y me llevo unos amigos que son de campeonato. De hecho, se merecen un premio por convivir con mi persona, y el desastrismo asociado a ella. No necesito mencionar nombres, ustedes saben quienes son y de qué maneras habéis contribuido a la felicidad oporteña de esta menda.
Solo queda decir, nos volveremos a ver! tened por seguro que así será, este planeta es demasiado pequeño!

Vistas desde la ventana. La estación, la lluvia y el rio

sábado, 14 de junio de 2014

Es necesario...

Después de este año simplemente indescriptible de Erasmus en Porto toca decir adios. Y lo típico sería escribir una emotiva carta nombrando a todos los amigos inolvidables que he hecho, contando anécdotas y experiencias que me han marcado, y por último poniendo unas palabras de aliento-motivación-emoción para culminar con una llantera digna de un neonato.
Y eso es justamente lo que voy a hacer, hoy voy a dejarme llevar por mi lado mainstream y os voy a hacer llorar casi tanto como yo. Es broma.

 "Today, is not the day I cry" 


Y como nuestro amigo Oberyn, seguramente falle estrepitosamente en mi cometido. Pero eso es una historia que os contaré otro día.

domingo, 8 de junio de 2014

En obras

Bueno, pues si estás leyendo esto te habrás dado cuenta que el blog tiene una pinta un poco diferente. De momento estoy en proceso de investigar y probar distintos diseños y algunas locuras de mi cabeza, pero una cosa está clara, "made un Irene" o "made in yo" dejará de ser el nombre de este blog, ya que por fin creo haber encontrado uno con el que me siento del todo a gusto y que, creo, puede recoger bien esta mezcolanza de cosas que escribo. 
Puede que de vez en cuando veáis cosas raras, no os preocupéis, estamos en obras.
Sin prisas.

sábado, 7 de junio de 2014

Hola

En realidad, hoy no vengo a hablaros de amor ni de rabia. Ni de ansiedad, ni de pasión, ni de miedo. Hoy no es de esos días en que me hundo en el pozo de mis miserias, ni de los que estallo en una euforia desmedida. Hoy estoy aquí para hablaros de un abrazo. Un abrazo que todavía no sucedió, pero que siento en mi carne como si ya hubiese pasado y aún no se hubiera detenido. Un abrazo que duraría meses, pero que se pasará en solo unos segundos. Un abrazo que ya me quema, y a la vez me da la paz que necesito. Un abrazo de ansiada calma, de calor infinito. Un abrazo que cuando llegue ya solo será recuerdo. Necesario y distante, uno de esos en que no sabes donde encajar tus brazos por los nervios, pero que cuando encuentran su lugar, parece que debieran quedarse allí eternamente. Un abrazo que casi parece ya vivido, de tantas veces imaginado. Un abrazo, que quizás no sea para tanto.