lunes, 10 de noviembre de 2014

Una serie de desastres no intencionados

Inauguro una nueva "sección" de este blog, y esta vez (por fin) en clave de humor a costa de mi persona. Os voy a contar a modo de microrelatos algunas de las peripecias cotidianas en las que me veo envuelta a menudo, y que ya pedían a gritos un testimonio escrito. Llamémoslo consecuencias de mi desastrismo innato. Espero que os hagan reir.


Lunes. Mediodía. Salgo de casa con intención de comprar el pan y ya de paso pasear a mi perro Riki, como suelo hacer todos los santos días. Después de que mi mascota eche sus correspondientes meaditas, me dirijo a la tienda, dejo a Riki atado con la correa en un objeto de mobiliario urbano que aún a día de hoy no he logrado identificar y entro a comprar el pan. Salgo con dos barras tranquilamente, y me dirijo a casa pensando en qué voy a hacer de comida. Quizás pueda volver a hacer pollo en salsa, si es que queda pollo. Empiezo a sacar la llave del portal cuando me doy cuenta de un pequeño detalle: Riki no está conmigo. Me lo he olvidado en la tienda atado a la cosa rara azul. Vuelvo sobre mis pasos todo lo rápido que puedo mientras se me cae la cara de vergüenza interiormente, rezando por que no me vea ningún vecino en mi descuidada hazaña. Cuando llego a la tienda ahí está Riki, mirándome con cara de abandonado. Lo desato rápido y me alejo de la escena del crimen disimulando el hecho de que "He olvidado a mi perro en una tienda. La gente normal se deja la cartera, o los deberes, o el paraguas. Yo me dejo a mi perro. Si alguna vez tengo hijos, que dios los pille confesados."



Este es Riki


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