He visto caer torres más altas que la mía a mi alrededor, esparciéndose sus cenizas en el cielo que antaño fue azul, mientras las tenues luces se apagan. Y cada vez que se desploma otra, yo me pregunto de nuevo el porqué de mi suerte. El porqué seguimos al pie del cañón, ignorando toda la destrucción que se cierne a nuestro paso, todas las historias sin final feliz, todos los malos augurios, y las noches de insomnio.
Pueden ser las musas, o el destino, o la estadísticas de población, la física cuántica, la biología molecular... Puede que haya encuentros que solo sucedieron para terminarse, pero son esas pequeñas cosas las que me hacen darme cuenta que me iluminas por dentro si algo me recuerda a ti, si cuando paseo por la calle, distraída, te siento de repente cerca, y un soplo de calor me devuelve las ganas de dar otro paso a lo desconocido.
El futuro es incierto como una indefensa golondrina tras la que se cierne el invierno. Ah las golondrinas. Qué pequeñas y titubeantes se ven, y qué fuertes de voluntad, sin embargo. El amor es como una golondrina, frágil pero valiente, insignificante y a la vez capaz de cruzar volando el ancho mundo, hasta llegar, no importa donde. Llegar. Para de nuevo irse y volver. Pero siempre volver.
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