martes, 25 de febrero de 2014

El porqué de las golondrinas

He visto caer torres más altas que la mía a mi alrededor, esparciéndose sus cenizas en el cielo que antaño fue azul, mientras las tenues luces se apagan. Y cada vez que se desploma otra, yo me pregunto de nuevo el porqué de mi suerte. El porqué seguimos al pie del cañón, ignorando toda la destrucción que se cierne a nuestro paso, todas las historias sin final feliz, todos los malos augurios, y las noches de insomnio. 
Pueden ser las musas, o el destino, o la estadísticas de población, la física cuántica, la biología molecular... Puede que haya encuentros que solo sucedieron para terminarse, pero son esas pequeñas cosas las que me hacen darme cuenta que me iluminas por dentro si algo me recuerda a ti, si cuando paseo por la calle, distraída, te siento de repente cerca, y un soplo de calor me devuelve las ganas de dar otro paso a lo desconocido.
El futuro es incierto como una indefensa golondrina tras la que se cierne el invierno. Ah las golondrinas. Qué pequeñas y titubeantes se ven, y qué fuertes de voluntad, sin embargo. El amor es como una golondrina, frágil pero valiente, insignificante y a la vez capaz de cruzar volando el ancho mundo, hasta llegar, no importa donde. Llegar. Para de nuevo irse y volver. Pero siempre volver.

martes, 18 de febrero de 2014

Lo que hay por encima de las nubes

Volar siempre me hace sentir bien. Es una mezcla entre la humildad de sentirse insignificante en un universo enorme, y la grandiosidad de estar por encima (literalmente) de toda criatura viviente. Pero sin duda alguna, lo que más me gusta de volar, es ese mundo mágico que aparece cuando el avión se eleva por encima de las nubes. Ese mundo luminoso y como de algodón, donde no existe la lluvia, ni los edificios grises, ni el asfalto, ni los bosques, ni los caminos, ni el barullo de la gente, ni siquiera existe el suelo y los animales. Es un mundo perfecto y rosado. Si existe el cielo o el infierno, seguro que tendrán ese aspecto. Si escribiese una novela de fantasía, me inspiraría en ese universo para crear el mío propio. Me fascina más de lo que me ha fascinado cada uno de los paisajes asombrosos que he podido llegar a ver. Es una realidad utópica de la que no quieres despertar, allí, por encima de todo, dejando atrás lo mundano de la vida cotidiana.

Lo peor que me puede pasar en un avión, es no tocarme ventanilla.

sábado, 8 de febrero de 2014

La pescadilla que no se mordía la cola

///Un cuento cortito que escribí hace unos años y que hoy he vuelto a leer rebuscando en archivos viejos, y que me ha hecho gracia. Reeditado para el disfrute de quienes no necesitan demasiado, o para los que se cansan en el primer párrafo///

Erase una vez una pescadilla, como otra cualquiera.
Esta pescadilla, tenía una peculiaridad, y es que nunca se había mordido la cola. Había visto a muchas de sus compañeras hacerlo a menudo, de hecho, la gran mayoría de las pescadillas se mordían la cola continuamente. No había una necesidad aparente de hacerlo, ni una razón concreta, pero lo hacían. "Curioso" pensaba, "Nunca sentí tal necesidad, aunque he visto a todos hacerlo, ¿Será que nací diferente?" y entre estas cavilaciones andaba nuestra pescadilla, o más bien nadaba, cuando se encontró con una congénere que andaba mordiéndose la cola, a la cuál preguntó. "Y tú, ¿Por qué te muerdes la cola?". A lo que ésta le respondió "Porque es lo que las pescadillas hacen". Se disponía nuestra amiga a responder a su compañera, cuando con tan mala fortuna, no vio la red de un pescador que le caía encima.
Y así terminó la vida de la pescadilla. El pescador la sacó del agua, la metió en un gran arcón frigorífico y la trasladó a un supermercado. Allí, una señora la cogió, la limpió bajo un chorro de agua, y una vez lista, la colocó en el expositor, curvó su alargado cuerpo, y colocó la cola dentro de la boca de nuestra pescadilla.
Y así hizo con el resto de pescadillas de tan trágica suerte.

miércoles, 5 de febrero de 2014

4:08

Son las cuatro de la mañana.Y ahora es cuando empezaré a hacer el capullo.
Y es que, después de haberme pasado lloriqueando y quejandome todo el curso pasado, después de haberle estado mareando la cabeza y comiendole la oreja a personas que tuvieron mucha (demasiada) paciencia conmigo, y después de pensar y repensar las mismas cosas un millón de veces, al final llegué aquí. Y Cuando tocó el momento de volver, decidí quedarme. ¿Por qué? Seré sincera. He aprendido muchas cosas. Pero más allá de hacer la compra o aprender a cocinar, he conseguido hacer de estas cuatro paredes una especie de hogar, o al menos, un lugar al que llamar "casa" cuando hablo con mis amigos. Ah claro, y luego están los amigos. No soy excesivamente sociable, pero qué le voy a hacer, algunos de vosotros me habéis llegado hasta el punto en que no mentiría si os digo, que cuando tenga que despedirme de vosotros, me vais a tener que ver llorar.
Porque algunos me acompañaron en los primeros días, en las fiestas, las noches sin dormir, las vísperas de las entregas, los días malos y los días buenos, las confidencias, las tontunas (muchas tontunas), las risas (muchisimas risas), y ese poco a poco de cada día ha hecho que me sienta profundamente unida a este lugar, a esta gente. A alguna gente de la que, por desgracia, me voy a despedir en breve. No voy a caer en la tentación de dar nombres, creo que es mejor que no se rompa la magia.
Es ahora cuando me doy cuenta de lo caprichosa que es la vida, de lo impredecible que es el ir y venir del tiempo, de la forma en que los caminos se cruzan y se alejan, pero que, de una manera u otra, cada pedazo de roce con todas las personas con las que nos cruzamos, nos afecta, aunque sea tan fugaz que no nos demos ni cuenta.
Me siento feliz. En algunas ocasiones me he reprochado el haber tomado este camino, pensando que era una decisión egoísta. Cuán equivocada estaba. Egoísta hubiera sido rendirme ante el miedo.
En fin.
Buenas noches