Y es que, a escasos días de que termine este año, ya me ha acuciado la necesidad de escribir otra vez. Y hay que dejar salir a las musas o a los demonios, según se preste el día.
2014 comenzó en lo más alto de la más alta torre. En la cúspide de la grandeza idílica de mi existencia. El 1 de Enero de 2014 yo era inmortal, indestructible e imparable. Flotaba por el cielo como una diosa sabedora de su poder. Cada cosa pequeña parecía enorme y gloriosa. La vida entre Murcia y Porto hoy me parece un sueño magnífico del que no querría haber despertado. La intensidad de los sentimientos, el contexto creativo y la libertad, sobre todo la libertad, se me antojan ecos de una vida que casi no me creo haber merecido. Las personas, tal y como eran en aquella foto de fiesta de nochevieja, vestidos de gala, con grandes sonrisas en la boca, deberían haberse quedado petrificados en el tiempo, tal cual, para que ese instante de enormidad nunca hubiera desaparecido. Pero inevitablemente el calendario prosiguió su avance, y luego llegaron la primavera y las despedidas. Esas despedidas de "hasta pronto", que algunas se cumplieron, otras están por cumplir y la mayoría nunca sucederán. Hasta que por fin amaneció el verano. Ese absolutamente grandioso verano en el que por fin me sentí que estaba haciendo las cosas como verdaderamente quería, y como buenamente podía. Esos casi tres meses infinitos y rebosantes de experiencias e ilusión. Ese avistamiento fugaz de un futuro radiante y lleno de posibilidades. Esas ganas de comerme el mundo junto a aquellos a quienes creía no perder jamás. Y entonces llegó el otoño, y la realidad me sacudió con toda la fuerza que solo ella sabe dar a quienes pecan de soñadores. Él me trajo una rutina que ya quedaba muy lejana, de las que se arrastran como caracoles bajo la tormenta. Una rutina que me viene consumiendo despacio, y va hundiendo cada paso que intento avanzar en un repulsivo lodo, que ralentiza el tiempo y arruga mis manos. Y es en este dantesco viaje de las cumbres del Olimpo a las lodosas cloacas del inframundo, en que me he dado cuenta de esas cosas que suelen decirnos los mayores, que nosotros preferimos ignorar. Ya sea por vanidad, o simplemente por despreocupación, nunca vamos a hacer ni puto caso. Porque las experiencias no se sienten en la piel ajena. Y porque cada uno tiene su culo, y cada culo tiene su particular ojete con el que mira la vida desde su particular y única perspectiva de ojete.
Supongo que una vez has descendido a lo más hondo de la mierda de tu propio ojete, solo cabe ir subiendo peldaños. ¿Pero y si...? El miedo sigue por ahí acechando desde su rincón de siempre. Habrá que ser precavido. O impulsivo. O ambas cosas. Habrá que iniciar nuevos viajes, y mejor no quedarse quieto. Eso es lo que querría el miedo. No le voy a dar ese placer, no todavía. Que venga el 2015, le estaré esperando con los ojos abiertos.
Dibujo realizado por mí (Irene Álvarez). Todos los derechos reservados

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