miércoles, 12 de marzo de 2014

¿Nostalgia?

Hoy he ido a darme un paseillo por mi barrio aprovechando que no hace ni sol ni frío, y he pasado por delante del que fue mi antiguo instituto. Qué raro se me hace ahora, y qué lejano. Pero lo más extraño, es que ya no queda nadie allí por quién seguir pasando a saludar. Ni amigos repetidores, ni de cursos mas bajos, ni de algún ciclo, ni siquiera mi hermana. Todos han terminado por dejar ese peculiar nido. Ahora, al pasar por los bancos donde se sientan los que se fugan, solo veo caras desconocidas. Al sonar la campana y salir una multitud de adolescentes cargados con sus mochilas a fumarse un cigarro, no veo a ningún viejo conocido a quién acercarme a saludar y comentar cómo va la vida, cuantas le han quedado o cómo lleva la selectividad.
Es raro, pero tanto tiempo queriendo dejar atrás esa etapa, y ahora vuelvo la cabeza con una mezcla de nostalgia y sensación de superioridad. Al fin y al cabo, fuimos supervivientes de aquellos pasillos interminables, de los exámenes en el aula 39 (¿o era la 29?), de las chonis gorronas de la cantina que siempre te pedían dinero, de los recreos en nuestra sala de alcoholicos anónimos, de los profesores que pasaban de nuestra cara... No lo parece, pero el instituto siempre es un lugar duro para un adolescente que aún está por construirse. Siempre hay alguien que cuando descubre tus debilidades, trata de paliar las suyas propias haciendo gala de esa crueldad que solo saben tener los adolescentes.
Pero qué bien nos lo pasábamos. Qué felices y ajenos a todo vivíamos. Qué grande y a la vez qué pequeño parecía el mundo entre aquellas cuatro paredes, y la cerveza de los viernes. En una palabra, lo describiría como intenso.
Y tras este telón de fondo siempre estaba un lugar de refugio y estudio, la biblioteca. Cuando las clases se hacían demasiado tediosas, o en educación física no teníamos ganas de hacer el imbécil tras una pelota, ahí estaba ella, repleta de cómics y mangas cochinos que estaban esperando caer en nuestras manos para echarnos unas risas, o sumergirnos en su apasionante lectura, quién sabe.
Y las tardes, las mañanas y las noches estudiando sin parar para sacar un mísero 5, los cafés de las máquinas, los kinder bueno robados del mercadona...
Tantas emociones, que ahora, cuando veo salir a esos chiquillos desconocidos, pienso "¿harán las mismas cosas que hacíamos nosotros?". Realmente, tampoco han pasado tantos años, pero sí los suficientes como para darme cuenta que definitivamente, ese lugar quedó atrás para siempre, y ya no hay personas ni lazos que hagan que me pare en la puerta a esperar. Solo queda pasar de largo y echarle una mirada crítica a las nuevas generaciones.
Porque nosotros siempre seremos la mejor.

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