miércoles, 4 de mayo de 2016

Tiempo.

Odio las noches silenciosas con esa calma que parece indicar que el tiempo se ha parado, cuando en realidad sigue reptando por las paredes, haciendo que el cielo se vuelva cada vez más negro. Cuando freno y miro alrededor es cuando realmente tomo consciencia de que todo se mueve a un ritmo aterrador. Me asustan las manecillas del reloj y me dan miedo los atardeceres, porque solo suceden cuando el tiempo se escapa. Me angustia el vaivén de las palmeras al mecerlas el viento, los coches que pasan a toda velocidad por la avenida, los pasos por la acera. Tic tac. Tic tac. Vuelve a pasar y yo no me doy cuenta.