No se si recordaréis mi último balance de año. Supongo que no, de todas formas, solo está unas pocas entradas más abajo de ésta, porque como comprobaréis he escrito poco este año y he publicado menos aún.
Pero sí, aquí estamos otra vez, he sobrevivido otro año, he aprendido, he crecido y la he cagado probablemente a partes iguales.
Probablemente la única manera de salir del pozo es llorar hasta que se desborde. Yo no lo voy a negar, he llorado mucho muchas veces, pero creo que está bien, llorar es sano dicen. También me he reído mucho, y cuando digo mucho es muchísimo. Y además con muchas ganas. Pero bueno, eso lo hace todo el mundo, supongo, y aquí he venido a hablar de mi libro.
Ah si... el pozo lleno de barro, el viaje dantesco al inframundo... afortunadamente todo esto ya pasó a la historia, y no sabría decir en qué momento volví a subirme a un pedestal para contemplar todo el hermoso camino que me queda por recorrer, pero sí que puedo afirmar que me lo he currado. Bien es cierto que he tenido a mi lado personas maravillosas que me han dado la mano para seguir subiendo escalones y he conocido a otras muchas nuevas que se han hecho un nido en algún rincón de mi cabeza. He encontrado valor para asumir los cambios que he hecho en mi vida, he conseguido reconciliarme conmigo misma y con algunos de los demonios que aún me seguían atormentando, y he aprendido a ser feliz otra vez, y a compartir mi felicidad, no solo mi tristeza.
Si, definitivamente ha sido un año que ha sucedido de la forma opuesta que el pasado. Comencé arrastrándome, aprendí a gatear y a dar mis primeros pasos, y ahora puedo decir orgullosa que sé volar de nuevo. ¿Que si volvería a estrellarme? Mil veces más. Y siempre encontraría una manera de volver a levantarme, confío en mí.
Eso es todo por ahora amig@s, ¡que siga la fiesta!.
