martes, 16 de septiembre de 2014

Decir adiós

Éramos como un perro viejo, y todo terminó como la muerte sin dolor de una dulce eutanasia. Nos fuimos extinguiendo como la vida palpitante se extingue por las venas de este dolorido cuerpo. El final sucedió en un suspiro, solo perceptible por el leve pinchazo que debe producir la muerte, y una lágrima por cada recuerdo que acude a mi mente, como con cuentagotas, despacio pero incesante.
Aún me siento acurrucada, pensando que me despertaré y seguiremos caminando de la mano, sin llegar a comprender qué ha pasado y en qué momento el decaer se volvió irreversible, o si es que en realidad solo retrasábamos algo que tenía que suceder, como una enfermedad que te va matando lentamente. Todavía no me creo a mí misma, pero el dolor me hace saber que hemos hecho lo correcto, y de la mejor manera posible.
Ahora debemos seguir aprendiendo, debemos continuar con la cabeza alta, pero mi negación me dice que esto es solo un paréntesis, una bifurcación de caminos que algún día volverán a encontrarse. Siento como si me hubieran vaciado el pecho con una de esas herramientas para servir helado, y en su lugar se hubiera quedado un hueco de entrañas sangrantes que no parecen ir a cicatrizar.
Valor, muros más grandes cayeron, y seguimos en pie. Era necesario decirlo.
Ilustración de Francisco J. Hernández